
Sentarte a comer en un restaurante vacío suele crear un cierto desasosiego. Primero, porque tienes varios camareros, o uno solo, para tu propio servicio. Segundo, porque crees que la elección de restaurante no ha sido la correcta. Tercero, porque no ver a nadie hace que te concentres más en la conversación y degustes la comida “sin ruido” y ello choca contra las sensaciones anteriores.

El concentrarte en la comida y hablar sobre ella según van llegando los platos es muy importante, y a veces, con más bullicio se pierden detalles. Cuando como en la Merced se trata de ofrecer pequeños brillos que diferencian lo habitual de dicho restaurante, atender a los detalles es “comer”.

Si la comida se basa en una deconstrucción más y se trata de presentar platos tradicionales revisados hay que atender a si es verdaderamente buena dicha transformación. Y lo son. La sopa castellana sorprende, aunque se haya visto mucho. Es como regalar un buen juguete en desuso.













