Vicente es un hombre sumamente joven. Así lo demuestra en su conocimiento contemporáneos de sabores, colores y texturas. Hoy me he preguntando por qué no hay pinchos así en el centro de Burgos. Son brillantes, solventes y sorprendentes y esos adjetivos no aparecen en la zona de tapeo más grande de nuestra provincia. Si Vicente tuviera un bar en el centro sería apresado por el negocio o podría dar pinchos tan buenos y exigentes como ahora. ¿Acaso no es un negocio hacer las cosas muy bien?





Esta pregunta me lleva a la decepción que suele suponer el concurso de tapas de San Pedro. Existe una disputa larvada entre la calidad y el negocio. Yo creo que son paralelos. Es imposible que una tapa mala se venda bien. Es imposible que los consumidores seamos conscientes de que se nos trata como masa sin gusto y que eso sea rentable. Somos capaces de atender a lo bueno aunque a veces escasee. Por eso la lección de Vicente es vitalista y arrolladora. Sería bueno que los aprendices de brujo que presentan tapas pasaran por el bar de Vicente y entendieran la dirección en la que emprender el negocio de satisfacer a mucha gente más.
























